BEGOÑA ZUNZUNEGUI
BECARA
LA VIDA ALREDEDOR DE UNA MARCA.

Seguramente, muchas novelas de las llamadas “roman fleuve”, o novelas río, no alcanzan una carga tan trepidante de acontecimientos como la propia vida de Begoña Zunzunegui, la artífice de una empresa y el alma de BECARA.

Sus inicios ya nos recuerdan los comienzos de más de un personaje novelesco, pues con 17 años ha de hacerse cargo del negocio familiar J.J. Zunzunegui, mayorista de Campsa. Tras haber pasado como interna una breve estancia de seis meses en Inglaterra, la familia le hace venir presagiando la muerte de su padre que, efectivamente, se produce dos semanas después de su llegada. Estamos en 1953, año en que era casi imposible imaginar a una mujer al frente de una empresa y más aún si era tan joven.


Con 19 años, es decir, apenas dos años después se casa y se va a vivir a los Estados Unidos, concretamente a Pittsburgh, en donde reside durante un año y medio. Begoña siempre reconoce que la estancia esos años fuera de España le llenó la cabeza de ideas, y empresarialmente hablando volvió con un montón de inquietudes. Ciertamente, España en esos momentos tenía empresarialmente poco que ofrecer. Estábamos en una economía de subsistencia que sólo a partir de los primeros años cincuenta empezaba a salir, lentamente, de la cruda situación de racionamiento y penuria que trajo una durísima posguerra.
En 1962, el sector de los aceites lubricantes industriales da un giro y venden el negocio. En esos momentos Begoña se encuentra con cuatro hijos en una situación económica apurada, pues es coincidente con circunstancias adversas en la empresa de su suegro, donde trabajaba su marido.

De entrada pensó en poner una tienda de regalos y decoración, quizá por las continuas alabanzas que recibía de sus amistades que elogiaban el buen gusto que mostraba Begoña en la decoración de su casa. Sin embargo, tras analizar el surtido anodino con el que trabajaban las tiendas en aquel entonces (recordemos la situación de autarquía del país, que limitaba la importación a productos de primera necesidad) intuyó con acierto que la oportunidad de negocio estaba en hacer de mayorista, fabricando artículos diferentes, con diseño y estilo propio.

Con la aportación de una amiga y compañera de colegio en Inglaterra empezó a diseñar la primera colección, centrada en adornos para la casa y la mesa, vasos, ceniceros, marcos… A través de pequeños fabricantes y artesanos españoles fabricó muestras de todo ello y se puso a recoger pedidos de las tiendas. En pocos días, el resultado fue ya espectacular. Asi que Begoña, con un “dos caballos” -uno de los coches más populares de la época- no tuvo tiempo de pensárselo mucho e hizo de creadora, controladora de la producción, vendedora, repartidora, cobradora… Poco tiempo después vendía a Christian Dior una curiosa colección de objetos : huevos de avestruz y caparazones de tortuga, fielmente reproducidos en resina. Tuvieron un enorme éxito, y eso le permitió vender piezas de decoración a Dior durante varios años.

El entusiasmo y la ilusión que siempre le han acompañado la animaron a ampliar el negocio y quiso para ello contar con sus dos hermanas –Begoña es la mayor-, ofreciéndoles compartirlo a partes iguales. La sociedad anónima así formada recibe el nombre de BECARA, que es un acrónimo de las iniciales de sus socias fundadoras: Begoña, CARmen y Amalia.

En 1972, deciden entrar en el negocio de la ropa, y eligen a CACHAREL, una firma totalmente desconocida en España pero ya de gran éxito en el mundo. La marca francesa que pasará a la historia de la publicidad mundial gracias a las magníficas fotos y spots de televisión realizados por Sarah Moon, que consiguió dar a la marca una notoriedad y un estilo inconfundible.

En Diciembre de ese año abren - con éxito inmediato y compartiendo la colección de Cacharel con otras dos firmas-, una tienda en la calle Ortega y Gasset, en la milla de oro del barrio de Salamanca madrileño, con el nombre de “Las Tres Zetas”.

A la vista de las ventas, Cacharel les propone montar la primera tienda monomarca de Cacharel en el mundo y, cómo no, aceptan el reto y eligen un local en la calle Serrano que será, de nuevo, una acertada decisión de las hermanas Zunzunegui. A continuación vinieron otras firmas como Fendi, Mic Mac, Kenzo, Mulberry, Alain Manoukien, Dunhill, Hermés, Pomellato, Armani, Ford Seasons, Olivia Strelli, la Compañía de la China, etc.

Por distintas razones y con un sentido muy pragmático, hace aproximadamente unos 18 años, las hermanas Zunzunegui deciden dividir los negocios, correspondiéndole a Begoña la marca BECARA. Con renovada energía Becara inicia una etapa de expansión, tanto en lo que refiere a la apertura de nuevos mercados como en la evolución de su oferta comercial que pasa del artículo de regalo -podríamos decir individualmente considerado- a un concepto integral de decoración, a la configuración de un estilo propio, a una marca creadora de un “life style” personal, de proyección y protagonismo mundial. Algo difícil de lograr, y de lo que muy pocas empresas relacionadas con el hábitat pueden presumir.

Gracias a años de duro trabajo y a la repetida presencia de sus colecciones de producto en las ferias de Frankfurt , París y Milán, Becara consigue ser conocida y apreciada en toda Europa, y eso les lleva a pensar en la necesidad de abrir una tienda de venta al público en Madrid que sirva, además, de escaparate al mundo de su concepto integral de decoración. Se inaugura en el año 2000, en la calle Juan Bravo, 18, y supone un nuevo éxito en la expansión de Becara y un referente para el sector del mueble y la decoración, visita obligada en el paso por la capital de cualquier profesional del sector.



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